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La flor en el corazón- Una experiencia desde Jarabe de Risas (Walter Ferreira)

La flor en el corazón 

Programa de Fundación SaludArte http://www.facebook.com/fundacion.saludarte.9?fref=ts

 

En la entrada 

Entrar a un sanatorio tiene, casi siempre, algo de dramatismo. Hay pasos apresurados, gestos de preocupación o máscaras que intentan ocultarlos, ojos que esperan que la luz del ascensor llegue por fin a planta baja. Casi todos llevan algo en las manos, ropa limpia, presentes.

Hay diversos motivos por los cuales entrar y no todos son de preocupación. De todas maneras siempre hay una tensión, un estar alertas, un darse cuenta, un asumir el lugar que se pisa. Es un sitio donde hay un dispositivo científico y humano al servicio de la vida, claro. Pero a la vez, esa defensa de la vida implica  luchar contra el sufrimiento, el miedo y la muerte.

Sufrimiento. Miedo. Muerte… estas palabras no se dicen, no deben decirse, simplemente subyacen en los movimientos que se dan a diario en las entradas de los hospitales, conforman un texto, una escena plagada de emociones, que este cronista siente en pleno cuerpo, más allá de los ojos.

Con estas sensaciones llego al quinto piso del CASMU, a la Sala de Internación Pediátrica, para acompañar a Palín Botiquín y Margarita, los payasos, en su visita de los jueves. Corro a ponerme la túnica pues ya observo que están en plena acción, charlan animadamente con una bebé y su madre.

Tomo nota de las caricias, los colores, las sonrisas que faltaban en la planta baja y acá aparecen como luciérnagas.

Ahora sí. Hora de entrar a la primera sala donde está María, a quien conocemos de la semana pasada, estuvo en su casa pero necesitó volver a internarse, no quiere estar acá y lo deja claro con su llanto. Margarita saca un Pinocho de la bolsa y resulta que tiene una “vía” en su mano, ¡igual que María! Es todo un descubrimiento, ese muñeco de madera tiene algo en común con ella. La niña deja de llorar pero sigue aferrada a su madre. Entonces, Pinocho descubre entre las sábanas a una muñeca muy hermosa y la invita a bailar, la muñeca es de María, se llama Manuela y no puede resistirse a la invitación, está claro que ese chico de madera le resulta muy simpático, por lo tanto comienzan a bailar acompañados por los payasos, improvisan una coreografía super divertida al compás de la música, todo está mejor ahora, al menos para la muñeca, que de tan contenta se deja tomar por su dueña sabiendo que puede contagiarle la alegría por un buen rato.

Para que María no se olvide de este momento, los clowns le dejan un globo con forma de corazón que dice “con mucho amor” y firman todos, también la doctora que estuvo todo el rato mirando y riéndose mucho.

A pasear

John es un “niño adolescente” y está mirando TV. Respira por medio de un caño con oxígeno y parece aburrido. Palín y Margarita ocupan la habitación con bromas y movimientos. Margarita se pone una bata celeste del paciente y afirma que se quiere dar una ducha. Intentan comunicarse con juguetes y palabras, los adultos se prestan al juego y se divierten, pero John sigue serio. “¡Ya sé! Nos vamos a pasear por el corredor”, dice Palín y sale a buscar una bomba de oxígeno portátil. En minutos todo está pronto para el paseo, es la primera vez que John sale de la habitación desde que lo operaron, lo hace caminando lentamente pero con entusiasmo. Unos gallinazos de plástico van dando graznidos y el paseo se transforma en un pequeño desfile visual y sonoro, en un acontecimiento que logrará hacer de este día un día diferente. Una enfermera pasa a nuestro lado y dice “ahora sí, se está riendo un poquito” y me parece que también se siente parte de esa risa. Lo cierto es que el pasillo toma otra forma, otro contenido. Los sonidos van venciendo al  silencio de hospital, al fondo están, Manuela, María y su madre jugando con el globo y mucho amor. 

Una flor

Dice José Saramago (exquisito cronista), que toda crónica es un pequeño arbusto al que deberíamos encontrarle una flor. Este arbusto se construye ahora con palabras que piden salir, y está compuesto por imágenes, por frases sueltas, dichas al pasar, por encuentros insólitos o maravillosos.

Cualquier observador desprevenido podría confundir estos colores, estos pequeños escándalos de la risa, con una simple imitación de la alegría, algo pasajero, un “chascarrillo” a la rutina. Pero mirando mejor, podrá ver, a través de las intervenciones de los artistas hospitalarios, todo lo que se mueve en este quinto piso de hospital, lo no evidente, los esfuerzos del personal de salud, las expectativas, las alegrías por los pequeños y grandes logros, la angustia ante lo inexorable, la valentía ante el dolor, el amor puesto en lo cotidiano.

Las risas y la música, las bromas y los juegos no son banales, agregan algo diferente, un necesario elemento de sorpresa que deja al descubierto síntomas silenciosos, esos que no se previenen con vacunas.

Ese texto, esa escena plagada de emociones que se puede percibir en la puerta, adquiere en las salas otra connotación aún más clara. Las camas tan altas, el oxígeno, el goteo del suero, la infusión de sangre, el vaso con agua, los gestos del acompañante, el olor a alcohol y desinfectante, los sonidos metálicos de las agujas en una bandeja de metal… innumerables elementos que van agregando a ese texto, a esa escena, un espesor dramático, un “hojaldre de códigos y sentidos” como dice Roland Barthes refiriéndose al texto literario. Cuando intervienen los payasos sobre este dispositivo aceitadísimo que es la sala de pediatría, no vienen a negar el factor dramático, vienen a sumarse desde otro lugar a esta defensa de la vida, también vienen a curar, y traen un jarabe dulce, muy dulce.

Y la flor

Si se trata de describir todo lo que pasa este jueves hay que trabajar duro y dejar que los dedos corran sobre el teclado, pues es mucha cosa, mucha acción y aventura.

Para entrar a la 509 donde están Dahiana y Fabián, de 8 y 5 años respectivamente, los payasos sacan todas sus payasadas. Son torpes y se equivocan una y otra vez. Entran a la habitación, piden disculpas por haberse equivocado, salen, cierran la puerta y vuelven a entrar. Repiten la escena varias veces, hasta que cuando deciden entrar de verdad ya está todo el mundo a las risas limpias. Los payasos tienen un público ideal en esta sala pues les festejan todos los chistes, hay aplausos, confusiones, torpezas, actuación de los gallinazos de plástico que son manejados por las madres de los niños y hacen un ruido infernal, hay un concurso de pompas de jabón, música de “galletas”, imitaciones del caminar de los pollos, en fin, todo un espectáculo que termina con aplausos y reverencias de agradecimiento al gran público.

En la próxima sala están Jorge y Mario de uno y tres años respectivamente. Mario está llorando pues se quiere ir a su casa y los payasos sacan los burbujeros invitadores al juego. Jorge que apenas sabe caminar se baja de la cama y comienza a atrapar burbujas. Al final Palín va a buscar “el auto” (que en realidad es una silla de ruedas) para Mario y de nuevo a pasear, la bomba de oxígeno a un costado. Jorge, en brazos de Margarita, la abraza con  ternura infinita, un amor a primera vista que no puede describirse en esta crónica, por falta de palabras con la elocuencia necesaria. Se detienen en el sector de juegos al fondo del pasillo y sacan títeres y rompecabezas. Ahora se juega con mucha calma y dedicación, y juegan en serio.

Seguimos la recorrida, en las salas posteriores se repiten situaciones parecidas, hoy están más payasos que nunca, hoy el jarabe está haciendo un efecto inmediato sobre niños y adultos, y el contraste con esos miedos y esas palabras terribles que acechan detrás de la internación se hacen cada vez más nítidos.

Sin embargo hay que ir a la habitación 525, no sé de qué se trata la enfermedad de este paciente pero cuando Palín Botiquín y Margarita repasan la planilla se miran a los ojos y toman aire antes de entrar. La cama está vacía, sin embargo una señora espera. Palín pregunta cómo está el paciente y la mujer contesta que “está en el tratamiento” y deja escapar palabras de desaliento. ” Esa enfermedad no perdona” dice con tristeza, y acá la escena es de hondo contenido dramático. Se establece una conversación donde los payasos hospitalarios le cuentan a la mujer de situaciones en las que todo parecía perdido y sin embargo terminaron con finales felices. La mujer escucha y se nota en los ojos que les cree, que verdaderamente puede pararse en otro lugar, esas personas con narices rojas y trajes de colores tienen razón. Queda flotando la palabra “ojalá” por el aire. Por eso la escribo en esta crónica. Y si este arbusto tiene una flor, tal vez sea esta palabra….

 Qué lugar para encontrar payasos!

Quedan unos minutos, así que podemos ir a la Emergencia pediátrica.

Palín y Margarita entran a la sala de espera con toda la energía del mundo. Margarita “se desmaya” y hay que reanimarla haciéndole cosquillas, los enfermeros de guardia ya los conocen y se prestan al juego, el equipo médico los recibe con alegría, “¡qué suerte que vinieron!” dice alguien. Hay un fabuloso revuelo entre los niños y familiares que llegan a este lugar debido a una emergencia y no pueden creer que los visiten estos personajes con burbujas y música.

“¡Qué lugar para encontrar payasos!” dice una abuela y tiene razón.

Me quedo a un costado, decido dejar de “observar tanto” y sumarme a este lúdico desorden que impera en los apretados pasillos de la Emergencia. Pienso en cómo me sentía al entrar al sanatorio y en cómo me siento ahora. Qué cosas miré y cuales elijo mirar ahora… y esa flor que llevaré en mi corazón….

Busco palabras poderosas para cerrar este día y no las encuentro. Así que decido tomar un poco de este Jarabe para terminar la jornada con una sonrisa.

Y sonriendo salgo a la calle por la misma puerta que entré.

 

Gracias por compartir esta historia a:

SaludArte

Jarabe De Risas

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Lic. en Psicología Mariana Alvez marianaalvezg@gmail.com